Cuando decidí confirmar mi participación en la gira estaba segura del reto que iba a ser, reto incluso de resistencia física, segura también de las múltiples incomodidades que podría vivir y que también era una de esas experiencias emocionantes pero atemorizantes a la vez, luego vi las actividades que me surgieron, que para mí eran importantes (por la gente con la que comparto y por lo que compartimos) y que me iba a perder y finalmente al tener "el tiempo de viaje" me percaté de que muy muy probablemente me iba a perder poder "ir a misa" y con mayor dolor aún poder comulgar.
¡Oh cielos! de verdad que en ese momento les aseguro que estuve casi apunto de cancelar y renunciar a la gira, pero, y el compromiso con la gente que nos esperaba, con los compañeros y la profesora y mi TCU...?... Ni modo, con emoción, dolor y algo de miedo y sensación de vulnerabilidad me fui y todo.
El viaje, las experiencias, los recuerdos y demás para esto no me son lo importante, lo importante fue el regreso.
Desee todo el camino llegar pronto, que las calles estuvieran despejadas y que no fueran tantas las paradas para poder llegar a alguna misa a algún lugar donde me pudieran dejar y poder regresar a casa con todas las fuerzas de mi corazón, como quién desea que llegue el momento de volver a casa después de un muy largo viaje.
De nuevo, ¡Oh detalle! resulta ser que 2 de mis compañeros necesitaban tomar otra ruta, algo más larga, algo más congestionada, que podría hacer mínimas mis posibilidades de llegar a alguna misa, incluso la que más tarde sé que hay, y nada, a los demás no les molestaba, así que ¡esta bien!, tomemos la ruta larga, no tienen idea las veces que volví a ver el reloj.
Finalmente entramos a la ciudad y yo con deseos de ver una Iglesia encendida que supiera que tenía misa por empezar pero nada, más de una ya con las luces apagadas, finalmente veo que es posible llegar a una y que el reloj me favorece, existe una leve posibilidad, pero sale otro factor más, aparte de la renuncia ya hecha, la obediencia filial.
Resulta ser que como yo traía muchas maletas y venía de noche con un gran aguacero, mi papá quedó en irme a recoger al lugar donde nos iban a dejar, así que llamé para decirle de mis planes de correr para llegar a la misa pero me dijo que era ya muy tarde y con tantas maletas y lloviendo, en pleno San José podría ser peligroso que mejor no lo preocupara y me fuera hasta donde quedamos.
Ya en ese momento de igual manera, estaba tarde para la misa en cuestión, ya hacía como 10 minutos que había empezado, pero para mí, obvio "algo" era mejor que nada, sin importar que llegará de 15 a 20 minutos tarde (por la carrera hasta la Iglesia), pero por el amor a mi papá, a mi familia que él mismo me decía que me estaban ya esperando, le hice caso.
No puedo poner en palabras todo lo que sentí, creo que las lágrimas que se me empezaron a salir y el nudo en la garganta fueron la forma que encontré para de alguna manera expresarlo.
Vamos a ver si me entienden: ME ESTABA PERDIENDO DE IR A MISA, PERDIENDO DE COMULGAR, de compartir con ese que me ama más allá de lo que puede pensarse y sentirse el amor y que con el fin de enamorarme hace todo lo que puedo y no puedo ver, todo lo que puedo y no sentir, ese que decidió darse hasta su sangre por mí,...
Finalmente comencé a comprender lo que significaba perderme una misa, lo que significaba la posibilidad de disfrutar de una misa, de comulgar, que incluso tantas veces no podemos...La noche siguió, yo fui obediente, y vine a casa con mi papá, y empecé a entender (por lo menos en una pequeñita parte) a tantos tantos santos que me adelantan en mi camino. Les cuento esto con 2 anhelos:
- ojalá nunca tengan que extrañar y doler la ausencia de la eucaristía, porque gozan siempre de disfrutarla, incluso de paladearla, de comulgarla, de fundirse con ella y sean quienes me adelanten también en el camino.
- si les toca como a mí, llorar o sufrir de alguna manera su ausencia, sepan que habemos varios que lo pasamos y que siempre podemos regresar a su abrazo y que nos sirva también de paso para quienes por consecuencia de nuestros actos nos privamos de disfrutarla de delicioso dolor de contrición, de ese amor que busca desmedida y locamente a quien es su amor, así deba lanzársele primero a pedir perdón.
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